¿Si mirada y apego van de la mano, ignorada y desapego también?

Por alguna razón, hoy me encontré siendo testigo de una plaza en la que varios niños estaban jugando solos. Quiero pensar que sus padres los dejaron solos con una cuota de inocencia, otra de inconciencia y una profunda desconexión con nuestra esencia humana compuesta en gran parte por el amor al prójimo. Quiero pensarlo, pero no lo sé.

La plaza tenía  esos set de juegos de madera que se encuentran en muchos parques, y estos niños se encontraban trepando, hamacándose y explorando pero estaban  muy lejos de la mirada de los adultos.

Resulta ser que estos  juegos que en gran parte son inofensivos, tienen la característica de que en un santiamén se pueden transformar en  trampas peligrosas, muy peligrosas.

Pareciera ser que ahí en donde la mirada del adulto se desvía o no aparece al ser convocada, el niño encuentra un peligro que puede obstaculizarle su desarrollo  y en el peor de los casos causar un accidente de diversa gravedad para sí mismo o para terceros.

Por citar algunos ejemplos:

  • Niño de 6 años con cascotes (piedras) del tamaño de su cabeza, arrojándolos desde lo alto del tobogán hacia todo aquél que pasaba.
  • Grupo de niños de 8 y 9 años, juntando cascotes y jugando con palos a que se encontraban en un fortín haciendo el ademán de pegar con los palos o de lanzar los cascotes a otros.
  • Niño de 5 años que le gritó a otro una frase violenta aludiendo a la identidad sexual mientras lo empujaba abruptamente por el tobogán.
  • Niño de 4 años aterrado en lo alto del tobogán, llorando a gritos, solo durante unos cuantos minutos.
  • Niño de 6 años que jugaba en el sube y baja con su amigo. El amigo se bajó abrupta y sorpresivamente de él, dejando que el otro  cayera dando un golpe muy fuerte contra el piso. En ese choque, su pecho golpeó en seco contra la manija de madera sólida del sube y baja. Ese golpe le transformó la cara, lo empalideció, le cortó la respiración, el habla y perdió el aliento. Como pudo se acercó a sus padres, pero seguía sin poder hablar, su cara atravesó distintos colores pero era notoria su sensación de ahogo, su pánico por no saber lo que le estaba pasando. Sus padres no entendían lo que sucedía y en el momento en que el niño pudo articular algo de su dolor físico y emocional su padre comenzó a agredirlo verbalmente culpándolo de aquello que le había sucedido.

Escenas que recorté en 5 minutos, en la misma plaza siendo yo, la misma observadora que me vi obligada a intervenir, asistir y señalar porque parecía ser que no había otra mirada adulta cerca, ni siquiera la de los responsables de esos niños.

La situación me angustió, me abrió muchos interrogantes que de tanto en tanto se me aparecen y cuya respuesta, me parece que es del orden de algo a construir, a desarrollar entre todos pero de manera más macro.

¿Qué estamos enseñándoles a nuestros hijos?

¿Dónde estamos cuando nos necesitan? ¿Dónde está ubicada nuestra mirada?

¿Dónde está esa mirada que es a la vez de amor, de introducción al amor, a la cultura, a la sanción, al cuidado de uno y del otro? Sin esa mirada, sin la transferencia de esa mirada ¿Qué nos queda?

Pareciera ser que muchas veces,  no estamos aquí, ni ahí ni ahora con esa mirada, ni tampoco estamos mirando  donde tenemos que mirar.

Me pregunto (y no es la primera vez) qué será tan importante que nos obnubila y nos aleja de velar por “nuestros pedacitos de alma” que están ahí descubriendo el mundo y modelándolo con sus propias manos.

Si pensamos que el apego se apoya entre otras cuestiones, en la mirada y en la voz, qué es lo que sucede cuando esa mirada está dirigida hacia otro lado y esa voz no aparece aún siendo convocada.

¿Qué estamos enseñando, transmitiendo, transfiriendo?

Quizás sea importante detenernos a pensar en esto. Observar a nuestro alrededor y animarnos a comprender que el apego no es sin la mirada y todo lo que ella ilumina en nuestra vida y en la de nuestros pedacitos de alma que están deseosos de seguir explorando el mundo y confían en nosotros para ello, cuentan con nosotros. ¿Estamos ahí para ellos?

Y si no estamos … ¿Qué podemos hacer? Hay espacios para trabajar todo esto, incluso las dificultades que nos pueden estar llevando para dirigirnos hacia otro lado. Será cuestión de conocerlos, indagar, buscar aquél que resulte mejor para trabajar todo aquello que nos permita  acompañar desde el amor, la mirada y el sostén  a nuestros hijos y su exploración del mundo.

Lic. Carolina Sujoy

Psicóloga

Coordinadora de Comunidad Mamá Hamaca

Miembro Fundador de Psicólogas que acompañan la crianza respetuosa

lic.carolina.sujoy@gmail.com

 

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