El misterio oculto detrás de las pantallas

Desde hace algunas semanas, me interrogo respecto del lugar que estamos eligiendo diariamente que ocupen las pantallas en nuestras vidas.
Pareciera ser que necesitamos de ellas pero a la vez hay  tantas, de tantas formas, tan variadas,  que marean,  porque además irradian un magnetismo invisible que atrapa y a la vez aleja.
Atrapan, captan, fascinan
Atraen, encantan… y porqué no… obnubilan.
Entonces pareciera repetirse al infinito un ritual donde se toma el dispositivo, se lo mira por un largo rato, luego se lo deja a un costado y a los cinco minutos cualquier excusa es válida para volver a mirarlo. Y luego otra vez, y otra vez más.
Como si fuera un espejo… pero ¿qué espeja?
Pareciera no importar con quién estamos, ni lo que estamos haciendo. Profesores dando un curso, padres en el supermercado con sus hijos, cuidadores cruzando la calle con niños o ancianos.
Cada vez hay más aplicaciones, más funcionalidades, más comodidades y prestaciones para que uno se dedique todo el día a explorar su pantalla y a la vez haga el mínimo esfuerzo posible por interactuar fuera de ella.
No hace falta ir a la hemeroteca para buscar una nota, ni a la biblioteca para chequear información antiquísima. Tampoco hace falta moverse de casa para estudiar una especialización Internacional.
Estas facilidades enamoran y atrapan.
¿Cuántas veces mirás una pantalla por día?
¿Muchas no?
Entonces ahí es donde ese magnetismo deja de enamorar y aleja.
Aleja de uno, de los demás y de alguna manera pareciera construir muros imaginarios cada vez más altos, transformándose en una torre de babel donde los diálogos se esfuman y cada interlocutor se maneja con lenguaje que por momentos parece un balbuceo. Los tiempos de respuesta aún cuando emisor y receptor se encuentren en un mismo lugar, son lentos porque cada uno mira su pantalla y no aparece la pantalla compartida.
O sí, y por lo general es la de alguno de los dos que le muestra al otro alguna imagen (foto, video) de su dispositivo.
En una parada de autobús, en un restaurant donde hay una familia sentada,  al menos dos integrantes (no necesariamente adolescentes) están observando sus pantallas.  En discusiones de pareja, de repente uno  toma su celular y la discusión termina, pero también finaliza allí cualquier posibilidad de continuidad de diálogo y esa situación queda vagando en un límite difuso entre lo real y lo virtual.
Viajes, eventos especiales, nacimientos, todo debe quedar grabado rápidamente en video, retratado en una foto para luego ser mostrado a alguien.
¿Y el disfrute? ¿Y cómo es esa vivencia del aquí y ahora? ¿Qué impacto tiene?
Estamos siendo testigos de un cambio de paradigma, un choque de placas tectónicas que como tal, genera un movimiento muy grande, dificil de medir incluso su impacto en lo inmediato. Claro está que la forma de relacionarse está cambiando pero es importante estar atentos a no desbalancear favoreciendo las posiciones extremas.
Hace algunos años nada más, estas mismas situaciones eran diferentes, convocantes.
Cuando un familiar volvía de un viaje, todos los demás acudían a darle la bienvenida para escuchar sus relatos y sus aventuras y desventuras.
Cada situación tenía su tiempo.
Las fotos se llevaban a revelar a una casa especializada, tardaban unos días y la intriga que se generaba en este proceso,  aún le debe seguir dando cosquillas en el estómago a más de uno.
Cada situación tenía su proceso y cada proceso implicaba tiempos.
Tiempos que hoy se tornaron en inmediatos y con ello las relaciones.
Ahí es donde es necesario buscar el equilibrio, pendular.
Comprender quizás que estas pantallas son maravillosas si son utilizadas equilibradamente y en su justa medida.
Si se las considera como instrumentos y se está atento a que no se transformen en  dispositivos que nos ocultan, nos hacen sombra, nos tapan, nos alejan.
Es notorio como ésta, es una temática que preocupa no sólo por el uso que le damos los adultos sino por lo que sucede con los niños también.
Ayer leía una nota del Diario La Nación que hablaba sobre las adicciones que están generando las pantallas en los niños, la falta de reglas por parte de los adultos y cómo el uso excesivo de pantallas en niños muy pequeños puede afectar su modalidad de relación con el mundo. Hay que tener presentes que cuando un niño observa una pantalla, eso que observa es él interactuando con una pantalla, y el  diálogo (si lo hay) es interno. En el mundo real, se observa interactuando con otros, aprendiendo de otros, compartiendo o no con otros. El diálogo (si lo hay) es con otros.
Ahora bien… qué pasa cuando un bebé/niño pequeño que observa inocentemente el mundo comienza a  interactuar y  sus primeros otros sólo observan pantallas, le muestran pantallas y le juegan con pantallas?
¿Qué es lo que va a intentar hacer?
¿Cómo desarrollará su inteligencia emocional, social, su creatividad? ¿Será igual si se lo estimula con masa o pinturas caseras que si se lo hace con un juego que bajamos de la tienda de uno de los dispositivos móviles?
Ahí nuevamente resulta necesario recordar que la m/paternidad se nos aparece como  un arte del columpio, del balanceo, del pendular, como la búsqueda constante de aquello que mejor potencie las cualidades de nuestros hijos.
Como la posibilidad de hamacarse en la vida junto con ellos, conectando, interactuando, descubriendo, recuperando (y porqué no, desempolvando) la capacidad de asombro pero por sobre todo,  re – aprendiendo de que siempre se puede empezar a reglar un juego, en este caso el juego de pantallas que por no tener demasiadas reglas, aleja, hipnotiza y desbalancea.
Reglar para balancear y tomar esas reglas como las Flores de Narciso que a modo de recordatorio nos permitan “entrar y salir” de las escenas que involucran pantallas, sin quedarnos absortos, adheridos y a la vez alejados de todo aquél que nos rodea.

“Cuenta el mito que entre las jóvenes heridas por el amor de Narciso  estaba la ninfa Eco, quien había disgustado a Hera y por ello ésta la había condenado a repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Por tanto, era incapaz de hablarle a Narciso por su amor, pero un día, cuando él estaba caminando sólo  por el bosque,  preguntó «¿Hay alguien aquí?» y Eco respondió: «Aquí, aquí». Repitiéndose hasta el infinito. Para Narciso resultaba imposible divisarla entre los árboles y gritaba “Ven” y allí, ella después de responder: «Ven», salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Sin embargo,  Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que sólo quedó su voz. Para castigar a Narciso por su engreimiento, Némesis, la diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde su cuerpo había caído, creció una hermosa flor, que hizo honor al nombre y la memoria de Narciso.”

Lic. Carolina Sujoy
Psicóloga Perinatal – Psicoanalista
Coordinadora de Comunidad Mamá Hamaca

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s